Por predicar el evangelio, Pablo y Silas fueron tratados como criminales (esto aún sucede hoy en día en muchos países en que el evangelio es perseguido). Fueron encomendados a un carcelero, y encerrados en la prisión.
El pasaje de Hechos 16 nos relata que Pablo y Silas, en las condiciones en que se encontraban, comenzaron a orar y a CANTAR, y lo demás presos los escuchaban ¡Vaya forma de testificar y predicar!
Algo sucedió: hubo un gran terremoto y las puertas de cada una de las celdas se abrieron. Ningún preso se escapó. Esto, además, sirvio para que el carcelero abriera su corazón y fuera salvo. Sigo sosteniendo que nuestro canto es poderoso, en cualquier situación y circunstancia.
Pablo y Silas fueron escuchados por todos los prisioneros: oraban y cantaban, si importarles sus golpes y su inmovilidad: la invitación está para nosotros: orar sin cesar y cantar en todo momento.
Nuestro canto puede ocasionar algo poderoso: puede derribar las prisiones. Cantemos pues, con todas nuestras fuerzas, en cualquier circunstancia, y quedemos a la espectativa: ¡Siempre algo sucede a través de nuestro canto!
