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Tengo el privilegio de ser padre de dos niñas preciosas. Isabella, que tiene 2 años 5 meses, y Raquel, que tiene 2 meses y medio. Ser papá de dos bebés (y para las mamás obviamente también aplica) tiene, además de esos inmensos privilegios y alegrías, la por demás interesante tarea de cambiar pañales. Para quienes no han cambiado pañales aún en su vida, créanme que esta tiene que ser una de las experiencias más impactantes que uno jamás pueda tener. Desde que nacen, los bebés tienen la particular exactitud no sólo de necesitar el cambio de pañales en los momentos menos indicados, sino además, pareciera que gozan de propinarnos de una “doble porción” justo en medio de la cambiada, a veces incluso, sin protección para los sillones, alfombras o cubrecamas, y sin consideración de si ese día llevamos alguna de nuestras prendas favoritas puestas.
Claro, hay pañales más fáciles de cambiar que otros, y hay lugares más cómodos para realizar la tarea que otros. No es lo mismo un pañal con #1 que con #2, y ni hablar de un pañal con combo. Se deben tener los implementos a la mano (wipes, pañal extra, superficie adecuado, mudada adicional, etc.). Se debe tener disposición y paciencia para cambiar el pañal, pero quizás lo más importante, para cambiar un pañal definitivamente se debe amar, ver más allá del “producto”, oler más allá de los particulares aromas de los deshechos humanos, tener la esperanza de que al final del proceso tendremos un bebé limpio y cómodo, y sobre todo, saber que volveremos a cambiar otro pañal en el futuro, porque para un bebé, ensuciarse es inevitable. Para mí, cambiar pañales se ha convertido en la demostración terrenal más clara de la Gracia. Meter la mano en la suciedad humana de manera tan literal ilustra lo que Dios día a día hace en nuestros corazones cuándo vamos se lo pedimos, al igual que un bebé pide a través de su llanto, que se le cambie. Cada día Dios debe entrar en nuestros corazones a limpiar la suciedad y podredumbre de nuestro pecado, sin reparos y con amor, no teme a tocar aquello que más nos distancia de El, y allí nos limpia con Su Sangre, nos restaura y está allí listo para cuándo vuelva a suceder y toque cambiar el pañal de nuestro corazón. Quizás dónde la analogía se quede corta es que al crecer, un bebé ya no necesita que alguien le cambie el pañal o le limpie la suciedad, sino que cada uno de nosotros aprende a hacerlo por nosotros mismos. Con la Gracia es distinta, porque seguimos siendo incapaces, sin importar cuán grandes, inteligentes, importantes o prósperos seamos, seguimos necesitando la mano amorosa del Salvador que entre y nos limpie una y otra vez. Y así cómo nos pone en nuestro lugar el recordar que nuestra mamá y papá tuvieron el amor y la entrega para cambiarnos nuestros pañales, la Gracia nos mantiene con los pies en la tierra de que no podemos solos y que nuestra limpieza depende más de Su Amor que de cualquier cosa que nosotros intentemos hacer para alcanzarla. Cambiar pañales por amor a mis bebés es una cosa, qué me guste, es otra totalmente distinta. Créanme, no es agradable. El pecado tampoco es agradable, y que tengamos acceso a la Gracia, no nos da licencia de ensuciar el pañal del corazón a diestra y siniestra sólo porque sí. Recibir tanta Gracia debe empujarnos a dar a otros de esa Gracia y no a abusarla, para que podamos ser verdaderamente libres y no esclavos de un estilo de vida preso de las calenturas del momento, viviendo al 100% el adagio del que “peca y reza empata”. Para quienes aún no tienen hijos, esperen con ansias el día que les toque cambiar su primer pañal, y cada vez que lo hagan recuerden la Gracia que han recibido día con día. Qué nunca se nos olvide que necesitamos de esa Gracia todos los días, y hasta ahora, el mejor recordatorio que tengo de eso es vivir el riesgo diario de que el wipe no alcance para limpiar y mi mano tenga que entrar a batear.
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