¿Por qué me cuesta tanto obedecerle aunque realmente quiero hacerlo?

Primero que todo quiero decirte que esa batalla entre la carne y el espíritu no es algo que te pasa exclusivamente a ti. Todos peleamos la misma guerra y tristemente muchas veces perdemos algunas batallas. Aun el apóstol Pablo, autor de dos terceras partes del Nuevo Testamento, tenía y a veces perdía en esta guerra al punto de decir “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom. 7:24). 

Una noticia que pareciera no ser tan buena es que esta batalla es una que tendremos que luchar todos y cada uno de los días de nuestras vidas. La carne no es algo que vencemos una vez y para siempre, mas bien cada vez que creemos que ya está muerta la encontramos en áreas de nuestras vidas que no esperábamos. Ahora bien, esta batalla no es necesariamente mala. Esta batalla nos traerá constantemente de regreso a la presencia de Dios, ya sea para buscar ayuda y fortaleza o para buscar perdón.

Sobre el porqué, la respuesta es increíblemente variada. Cada persona tiene su propia batalla y cada persona es tentada en su propia manera. Una de las razones del porque luchamos tanto es porque el pecado es agradable, por lo menos temporalmente, y fácil; no nos gusta la disciplina, a pesar de sus recompensas (Heb. 12:11) y tampoco nos gusta esperar. Nuestra cultura nos ha mal acostumbrado a las cosas rápidas y fáciles y eso no siempre es la manera del Espíritu. Por esto debemos constantemente renovar nuestro entendimiento (Rom. 12:1-2) para alinear nuestra mente y corazón con la voluntad de Dios.

En Filipenses 3:13-14, el apóstol Pablo escribe “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”. En este pasaje Pablo nos al menos dos grandes verdades al confesar su propia lucha. Primero, es importante saber que más importante que alcanzar la perfección es continuar en la carrera sin importar que tan grande o intensa sea la lucha. Segundo y más importante, Pablo nos revela que la meta o el premio aquí no es la perfección sino Jesús mismo. Si nosotros ponemos nuestros ojos en Él y en lugar de luchar contra la tentación nos enfocamos en desarrollar nuestra relación con Él, entonces el vencer el pecado será algo que lograremos con más facilidad y constancia.

Finalmente recuerda que no estás solo. La iglesia es una comunidad de personas que estamos corriendo hacia la misma meta y por lo tanto estamos para ayudarnos mutuamente en la carrera. Atrévete a pedir ayuda, buscar consejería y ministración, confesar tus pecados, pertenecer a un grupo, etc.